Retales cotidianos

Una mano

Regresaban los tres a casa, cansados mas satisfechos tanto por la cena como por el trabajo realizado. Cruzaban con cuidado los pasos, pues sabían que aquí no se cruza igual que de donde vienen. Hacia frio, bueno, mejor dicho para gente del norte como ellos hacia, menos calor del habitual. Cuando de repente una de las bocinas habituales se dirigió a ellos. Al principio no se dieron por aludidos, pues en calle ajena las bocinas suenan extrañas, pero ante la insistencia se sintieron advertidos.

No dejan estelas los coches, pero es justo lo que pudieron percibir. Eso y una mano que firme marchaba alejándose a la vez que saludaba. Una mano solitaria y reveladora.

No fue en ese momento, pero días después ese gesto se manifestó como símbolo de lo que aconteció. Una mano tendida al viento que saludaba a la vez que se alejaba…

Una necesidad

La escuela tiene tres turnos, de siete de la mañana a diez de la noche. Matutino y vespertino para niños y niñas, nocturno para adultos. La escuela tiene una cocina y tres cocineras. Que cocinan mañana, tarde y noche tanto para niños y niñas como adultos. La letra con hambre entra y con hambre entran a la escuela de mañana, tarde y noche tanto niños y niñas como adultos.

Una esclava

Vino a presentarse y se asustó de ver tanta gente y tan extraña.

-Si, trabajo para ustedes mañana- dijo mirando humillada – trabajo todo el día por 50 reales- dijo aliviada mientras buscaba la puerta.

No volvió, -Mejor, tenía mala pinta, ¿verdad?- la juzgamos.

A la tarde, llamó su madre para decir que estaba enferma. Aceptamos disculpas extrañados y recelosos.

Al día siguiente, llamó a nuestra puerta, acompañada de nuestra portera,  para justificarse y sincerarse: -la señora donde trabajo no me dejó venir, dice que trabajo solo para ella.

Yo no estaba y no pude ver sus ojos. Me gusta imaginármelos vidriosos de impotencia y rabia, me duele imaginármelos vacíos y perdidos, espero que fuesen reveladores y fijos, pero infelizmente, seguro que nadie sabe como eran porque ella pocas veces los levanta del suelo.

La pobreza es la forma legal de la esclavitud resuena en mi cabeza…

Un hecho

-De acuerdo, pero que no suene a hombre blanco hablando de la civilización…- me avisa Roberto cuando le enseño la foto de desperdicios que han dejado las escuelas tras el desfile.

– Tranquilo- le respondo entre divertido y soberbio por tan magna obviedad- yo crecí queriendo ser un indio a un importante abogado-

– Esta suciedad y el desperdicio son el precio del progreso- afirmo con convicción- progreso que le llaman otros, porque que ¿cómo puede considerarse desarrollo a algo que ni es sostenible y encima agrede al entorno?

Horas después, me manda Roberto una foto de la misma basura en otras antípodas. No tras un desfile, sino simplemente tras un viernes de Indautxu. La basura del progreso. ¿será verdad que las vías del desarrollo llevan al mismo vertedero?¿será verdad que esas vías igual no llevan a ningún progreso?

Un detalle

-Soy un  misántropo  convencido, por eso intento ser extremamente educado y respetuoso- se presentó tras dos minutos de conversación.  Días después observé como daba educadamente las buenas noches a dos ancianas que disfrutaban de un helado sentadas en un banco. ¿Por qué? Porque sí, porque se cruzó con ellas y con ese gesto las hizo el helado más fresco, la noche más única y la vida más bella. Simplemente un detalle.

Una cuenta

-Con 4000 mil reales se puede vivir ya bien aquí verdad-pregunté afirmando.

-Depende, no te creas, si la familia es grande- me dijo con sinceridad, lo cual me hizo girarme e inquirirla:

– Pero, ¿cuánto gente vive aquí con salarios muchos menores?- pregunté sabiendo la respuesta.

Respondió con la misma sinceridad:

-Pues muchísima gente, imagina que el salario mínimo es de 700 reales- respondió con la misma sinceridad que se tiene al conocer algo cotidiano.

No discutí, pues creía que era algo menor, en cambio seguí socrático:

-Pero, ¿ y cuantas personas no llegan a ese salario?- insistí sabiendo que era casi el 60% por cierto de la población.

– Pues muchísimas- volvió a responder igual de sincera- hay muchas familias por debajo del umbral de la pobreza.

– Y, ¿cómo lo hacen?- pregunté ya sin respuestas como siempre que intento hallar sentido a lo absurdo…y lentamente callado seguí el caminar de sus hombros encogidos.

Un corazón

Y después de que todos nos habíamos despachado, tanto para desahogarnos como para justificarnos como para encontrar más evidencias a lo evidente. Y a pesar de que yo había sido el más paciente, compresivo y placentero. Se levantó la abuela tan bella como sabia y con paso cansado no de años si no de experiencias me dijo al oído:

–       y por todo eso que es cierto, merece más compasión que nunca- me dijo casi al oído- no se tiene ni a sí misma, así que ojala podamos ayudarla.

Sorprendido, casi absorto, comprendí que nunca hay límite para hacer el bien, y no hay otra manera de hacer bien a otro que haciendo el bien, aunque sea inmerecido y desaprovechado. Gracias Avó.

Una estirpe

Mientras espero que me abra  el portero me pongo a estirar. Justo entonces, se baja del autobús. 65 años más o menos, negro, elegante con traje de corte antiguo. Vital y sonriente. Me mira y me dice, cuidado con lo que haces que rodillas no tenemos más que dos y son esenciales asegura con complicidad. Le sonríe y respondo mientras continua su paso. Paso firme de 65 años, elegante, alegre y con una ligera cojera en la pierna derecha…

Un ascensor

Subo a casa, después de practicar portugués con el portero. Vienen tres personas, dos mujeres y un hombre. Blanco él, más brasileñas ellas. A una la conozco, trabaja conmigo. Me ha caído desde el primer momento bien, por profesionalidad, sensibilidad y compostura. Desde el primer momento noto algo extraño, casi finge que no me conoce, si yo hubiese querido podríamos haberlo hecho. Pero, la espontaneidad y la sorpresa nublaron la agudeza. ¿El motivo? Él. Él, que en su inseguridad enfermiza va a hacer de ella una…bueno quién soy yo para juzgar las cosas que ni entiendo, ni comparto. Cuanto más viajo y vivo más hombres ruines conozco. Y digo hombres, no personas, ni mucho menos mujeres.

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