De dar y recibir, gentes porteñas, ¿Viste, viejo?

Intenso Buenos Aires de genios como Borges. Quién no ha dado todo, no ha dado nada, dijo uno de sus personajes. Yo no soy hombre de grises, pero a veces flaqueo. Ya sé Borges, que la limosna no es solución. Pero, hay veces donde no hay elección.
En mi segunda noche, fui al teatro, y como manda la ciudad hice cola. Me sentía ya muy porteño, haciendo fila y además para el teatro: la revista de Buenos Aires para mayor deleite. Vuelta a vuelta fue ella pasando por todos y cada uno de los que formamos la cola. Insistía persuasiva con sonrisa pero gesto duro. Iba sucia, mal sentada en su silla y portaba todos los estragos del alcohol encima. Me sentí incomodo porque ella se deleitaba en el trámite sabedora que cada segundo que pasa se hace más probable el conseguir botín. La noche iba mal y la cola también, nadie le dio nada. Mis dedos acariciaban los primeros pesos que conocí. Mi antecesor, curtido y previsor, no la dejó hablar, la dio y ella agradecida continuo. Era mi turno, su silla rozaba mis pies. Parecía nueva, en cambio ella no, a pesar de ser joven. Aprendo rápido y con un movimiento ágil la di algunos pesos. Pero, me traicionó la mirada, siempre la mirada.

Me preguntó, no quería que también me traicionase mi acento, pero no había salida señor Borges.

– ¿Perdón?- dije temiendo una situación de esas en la que siempre sales mal parado.
– ¿Qué si me deja escribirle algo en su cuaderno tan bonito?-
– Claro que sí-afirmé desahogado, mientras le tendía el cuaderno y boli bajo la mirada de toda la cola. Se tomó su tiempo y garabateo toda un página. Me lo devolvió y le di las gracias por tan bonita dedicatoria. Sin importarle mi aprobación continuo rodando en busca de fortuna. Intrigados me miraban todos, yo solo le enseñe a mi antecesor. Quién me confeso que tampoco entendía el idioma en que estaba escrito. El resto de la cola imaginaba que me habría escrito, yo recién lo entendí.

Otra noche cruzaba por el obelisco, la avenida más ancha del mundo. Paré en el semáforo, había dos niñas haciendo malabares entre los coches. Eran casi las once de la noche. Niñas, hijas de los imponderables, de tez oscura, más aún donde la mugre se acumula, de cabellos vírgenes de cepillos y siempre medio vestidas. Semáforo en rojo, dejan los aperos de pobreza y una viene a pedirnos, a nosotros los estáticos peatones. Hace tiempo tengo el billete en la mano, es la mayor de las dos, no más de siete años, viene descalza y con una herida en la pierna. Cojo otro billete, nadie la mira, nadie la oye, nadie la reconoce, nadie la siente. Soy el último, la miro, la doy y sonrío reconfortado por su cara de sorpresa. Me da las gracias y contenta huye hacia su hermana, imagino. Me miran de soslayo mis vecinos de semáforo. Yo me quedo mirándolas, preguntándome que pueden hacer con las pocas cartas que las han dado para esta vida. Cuando otra vez la mirada me traiciona.

Rápidamente la pequeña, calzada, pero peor vestida y más sucia, si es posible, viene hacia mi y me pide más dinero. Con suficiencia me miran el resto de peatones, te está bien por listo, se ven que piensan. La incomodidad me embarga, ella insiste ilusionada desde sus pocos centímetros, escasos kilos y pocos años. La mayor nos mira desde unos cinco metros, me agacho y la digo que lo siento que no la voy a dar más, y cuando voy a explicarla el porqué, interviene su hermana mayor:
– Silvana, déjale, que ya no tiene más dinero- dice con la autoridad de quien es responsable de otras personas desde hace tiempo. No tendrá más de siete años….por eso mi hija, por eso decidí que te llamases Silvana. Por todas las silvanas del mundo que nacen con poca cartas o ninguna para jugar, pero también por esas otras niñas que nunca lo han sido porque han sido hermanas ante la adversidad.

¿Oscar?, tu madre te explicará mejor porque tu hermano se llama Oscar.

Iba con Charo rumbo a disfrutar de un poco de naturaleza porteña, cuando volví a verle. Avisé a Charo y le costó identificarlo. Es normal, pues él es pura ciudad, ciudad de plástico, de basura, de indiferencia y desarraigo. Ciudad al fin y al cabo. Único porteño que identifiqué por dos veces, en la misma zona Santa Fe cerca del botánico, pura Recoleta. Descalzo, con túnica de basura, oscura y larga barba, amo de una mirada limpia y profunda que denota que vive más que espera. Podría aventurar que podría carecer hasta de nombre, podría asegurar que no pedía, ni imploraba, simplemente se proveía de aquello que encontraba. Podría deciros que parecía no molestarle la muchedumbre, ni desconcentrarle el gentío, él estaba y vivía. Pero la verdad es que siento que no soy digno de analizarle, mucho menos de juzgarle. Dos veces le vi, y las dos sentí lo mismo, sentí que hacia digna su túnica de basura. Sentí que lejos de desecho, era mucho más humano que otros muchos. Ostras acertó decir Charo al verlo, lo mismo sentí yo al encontrarlo. Un espejo viviente para mirarnos y preguntar de dónde venimos y a dónde vamos. Causalidades de la vida, gracias Buenos Aires.
Si señor Borges, limosnas de tiempos y espacios a las que muchos se aferran por miedo a crecer, a conocer y a sentir.

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