De remís, country cerrados y otra yerbas mates.

Comienzo la mañana pronto, más de lo normal, tomo un mate cocido que ya es rutina a pesar de ser el segundo que tomo en mi vida. También lo son las ricas y pesadas medias lunas. Miento en el hotel, me voy a Mar de Plata les digo. Cada vez me cuesta más mentir, me gustaría decirles que me voy a un hotel que está a dos cuadras y que por el mismo precio está limpio, luminoso, con toallas de este siglo, con wi-fi y con ventana en la habitación. No es ninguna maravilla me gustaría decirles, está desconchado, pero de los 10 hoteles que he visto el vuestro es el peor y no el más barato. En cambio, me desean buen viaje y mucha suerte. Ahora a la mudama que me recomendó que habitación escoger -“coge la 310 que al menos está pintada”- a ella no le engaño -“¿No le gustó la habitación?, es normal”- me dice con mirada cómplice. Diciéndome que no tengo ya edad para andar con mentiras me voy cargado cruzando Callado para llegar a Rodriguez Peña.
No soy el único con bultos, pero si el único sin mercancía. Llego al hotel me instalo y espero a mi remís. Esto es otra cosa, al menos limpio. Me llaman de recepción, mi conductor ha llegado. De traje gris, me abre puertas y me recibe servil y educado. Es una mezcla Georgie Dann y el Fary, es decir un Angel Cristo. Resuelto, ágil y apañado. Seguro de si mismo. Por cierto, al encargado del hotel no le caigo bien.

Hacia un día maravilloso, soleado y despejado, esto es invierno y no los veranos de Santander. Descubro Palermo, sus parques llenos de deportistas, el estadio de River, los largos predios, y limpias avenidas. Esto me recuerda a Joao Pessoa, a Fortaleza mejor dicho. Mientras le doy palique al “remisero” descubro algo que me incomoda de esta ciudad. Su publicidad. Es agresiva, omnipresente y cansina. Viva el mercantilismo, los carteles picudos sobresalen de los edificios, no hay espacios para más mensajes.
-“Aquí los seguros se pagan al mes”- me dice Georgie, capitalismo feroz pienso yo. -” seguro que ese Falcon no lo tiene, hay que tener cuidado”- dice mientras se aleja el conductor. El tránsito es muy latino, claxon, giros, acelerones y frenazos continuos, carriles solo para referencias y aunque parezca mentira todo fluye. Eso si, pocos coches no lucen zarpazos. Señal de como se conduce me dijo ayer Alberto. ¿Intermitentes? Aquí, molestan más que ayudan, son muy lentos.
Mientras el chofer me confiesa que vive solo, que no le gusta el fútbol. Pero tiene equipo, Independiente, aunque no lo dice para que no le jodan. Tampoco tiene tiempo, más que para trabajar y sus cosas, yo voy fijando en los carteles de publicidad.

Interrumpo la narración. Mientras escribía estaba oyendo las conversaciones del vecino de la 510. Habló con un socio y su cuñado. No presté más atención que a su acento cubano, diría. Pero, ahora acaba de recibir una visita femenina, profesional, creo yo por como ha llamado a la puerta y como ha sido recibida. Además, desde hace un rato solo hay silencio, que me impide discernir con que acento se desenvuelven. Bienvenidos a la vida real, continuo tecleando sabiendo que la realidad supera a la ficción y que en cada pared que me rodea hay varias historias para contar.

De repente, descubro un peine coqueto en el bolsillo del conductor y presencio como estornuda sin soltar las manos del volante nuestro amigo conductor. Lo hace varias veces, sin inmutarse, y sin limpiar el cristal. Parece que el traje le queda un poco más grande a cada estornudo. Continuo con los carteles, carretera a Olivos, pasando por Tecnópolis: Cada persona es un mundo; únete a la diversión; libere su potencial; sigamos creciendo, yo creo en vos; podes seguir pidiendo deseos o empezar a cumplirlos; siempre la verdad por arriba de todo. Políticos, bancos, telefónicas,…todos ellos se apuntan a la moda esta del pensamiento positivo. Que de vacuo, inofensivo y neutral no tiene nada. Pues, como oiría decir luego Alberto, en la reunión a la que me ha invitado, siempre son los imponderables quienes crean nuestro marco de acción. Y los potenciales, deseos y verdades de las personas suelen estar cercenados por las intenciones de políticos, bancos y empresas varias. Me pregunto dónde estará ahora la verdad de mi vecino, el del 510, ¿Arriba o abajo?.

Me recibe Alberto en su casa que es un fiel reflejo de él. Muestras de afecto de todos los confines pueblan su salón, el jamón bien visible, por supuesto. Aquí lo llaman crudo, al serrano. Se ven todas las Américas que lleva consigo Alberto, que en realidad es una sola. Una América que imagina justa y esperanzadora para la juventud. Una juventud que él anima y ayuda a crecer, a posicionarse para vivir no más, sino mejor. Y mejor no significa solo con más, sino más consciente, con esperanza y posibilidad de elección.
Aprendí mucho de él esta mañana. Como expuso los términos, como gestionó la confianza que le dan los empresarios,… pero sobre todo me quedo con como trata a quienes trabajan con él. Un botón, al llegar a su despacho, deja sus cosas y sale a saludar a todas y cada uno de las personas de su oficina. Y aquí se besan los compañeros de trabajo. Después, provistos de mate, comienzan a trabajar.
La anécdota del día. Un niño de la calle que pudo estudiar gracias al apoyo escolar sufragado por una empresa, acabo contratado en ella. Y no solo eso, sino que ahora lidera los sindicatos y reclama mejoras a la propia empresa que perpleja ve como también ha ayudado a crear un grupo de colaboración para financiar los gastos de una escuela del interior. Eso gentleman and ladies, eso es educar.

Acabo el día entregado al puente de la mujer, en Puerto Madero, mirando la luna, que ya me había avisado Carolina que desde Argentina se veía diferente. Me siento en casa.

P.S. Algo se cuece a unos centímetros de pared y no las tengo todas conmigo. Mañana más y mejor.

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