Hoy fue Noruega, ¿Quién mañana?

A veces me resulta complejo entender la realidad, muy a menudo siento que cuanto más me llega, entiendo menos. Decía un noruego, Petter Dass (1647-1707) que:

Dios es Dios aunque todas las tierras estén desiertas
Dios es Dios aunque todas las gentes estén muertas.

No todas están muertas, pero todos nos sentimos un poco desiertos…

¿No hace falta Dios alguno, sino para calmar la angustia humana? Por eso lo inventamos. A algunos ni la fe les calma y pasan de la angustia al miedo, del miedo al odio, y del odio a la muerte. Por eso, nos matamos y seguiremos matándonos.

Ahora tocó en Noruega, lugar del Norte que queda más lejos de lo acostumbrado para hablar de horror, y siempre está presente para hablar de modernas utopías. Noruega suele ser uno de esos espejos fríos donde nos miramos cuando ideamos un engranaje social mejor. Ni ellos se libran de la sinrazón.

En los primeros minutos de la matanza, nadie lo dudó: islamistas radicales. ¿quién si no puede ser tan bárbaro? Otra vez atentaban contra nuestras civilizadas y occidentales armonías…pero no, resultó rubio, cristiano, licenciado y de buenos alimentos, el atroz asesino. Hijo de diplomático para más escarnio.

Nadie volvió a oír hablar del experto en terrorismo que reconoció a una célula como culpable del atentado, nadie habla de la religión como leit motiv de los asesinatos, nadie cuestiona las políticas y las ideas que empujan a tan salvaje conducta. Sólo se me ocurre una respuesta: es uno de los nuestros. Perturbado, puntualizarán los voceros, que si era muy raro, miembro de una sociedad secreta, hijo de padres separados…al final justificarán al sádico que siempre fue. Para no tener que reconocer en él a uno de los suyos. Vivió al amparo de nuestras democracias, de nuestros sistemas educativos y sanitarios, fue parte, y activa además, de nuestra ciudadanía. Y todo ello, le llevó a saldar su deuda matando a más de 97 personas a sangre fría. ¿Por qué? ¿De qué sirvió la civilización?

Más de 97 personas, la mayoría de ellos muy jóvenes, que eran un ejemplo de activos ciudadanos. Pues, en un mundo repleto de estímulos accesibles, fáciles, vanos y efímeros habían decidido dedicar varios días de su verano a hablar y escuchar sobre política. La pérdida es irreparable. Ya nunca podrán votar, ya nunca podrán formarse en una profesión, tampoco podrán ejercerla, no podrán viajar, leer, escribir, tampoco serán padres y madres, no volverán a sonreír, ni llorar, nunca más disfrutarán de pinturas, música, cine, no correrán, saltarán, ni jadearan más. No ganarán, ni perderán- No oirán, ni emitirán más susurros, ni gemidos. No se acostarán exhaustos y satisfechos, no se despertarán ansiosos e intrigados. Tampoco volarán ni Argentina, ni a San Francisco, ni Beirut. Ya no son, porque alguien que si lo era y lo es aún, fue incapaz de disfrutar de todo esto y entender que otros y cada uno puede tener diferentes formas de disfrutarlo y compartirlo. Simplemente por eso, por alguien intolerante e inseguro y armado para matar.

No sé las causas, ni la solución. Si las consecuencias, y el daño irreparable que ha ocasionado tan violenta y humana agresión. En cambio, si tengo claro que me gustaría que pasase. Primero no caer en sensacionalismos, que nos den detalles macabros e indecorosos del crimen. Me parece muy bien que el juez no permita ninguna aparición pública del asesino, ojala los medios le condenen al ostracismo. Puesto que lo que ha hecho nada tiene de magnánimo. Es muy fácil, demasiado sencillo. Y este es mi segundo anhelo. Que no sea posible que cualquiera pueda disponer de armamento tan letal ¿cómo es posible que un simple granjero noruego, moderno y con título universitario (son otros tiempos) pueda disponer de munición especial, prohibida en las guerras?
Quizás mirándolo así, tenemos todos parte de culpa. Decía Marcos que si alguien quiere salir en los medios, lo único que tiene que hacer es alguna atrocidad, del tipo que fuese. Quizás sea momento de plantearnos como socializamos la violencia. La tragedia lejana, oscura, pobre y oriental siempre nos parece menos trágica. La consumimos diariamente, podemos desayunar con una bomba en Irak, un tiroteo en el Bronx, un ajuste de cuentas en Tijuana, un linchamiento en Chiclayo, una limpieza étnica en Uganda o un campo de concentración en Palestina, y nuestra conciencia no se altera. Pero, ¡ay! ¿una masacre en Noruega o en Chamartín? Con eso si que no podemos y más si no hay musulmán a quien culpar.

Todos estos atroces pero cotidianos actos, se realizan con lucrativas y modernas armas. Armas que fabricamos en el norte y vendemos en el sur. A no ser que algún fundamentalista nos las quiera devolver. También, de vez en cuando, algún norteño decide utilizarlas en su entorno doméstico. Entonces, nos llevamos las manos a la cabeza. ¿De qué le sirve a los 5 millones de Noruegos su moderno ejército, que por cierto combate en Afganistán? ¿Han sufrido mayor ataque que este? ¿Cómo defendernos de la mayor amenaza que podemos sufrir? ¿Quién gana dinero con la venta de armas? ¿Deberían tener alguna responsabilidad las empresas que fabrican armas en estas matanzas? ¿Necesitamos armas en nuestras sociedades? ¿Solucionan problemas o no generan más que daños y perjuicios irreparables?

No sé me ocurre mejor homenaje a las víctimas que el preguntarnos cómo podemos evitar que volvamos a sufrir algo así. Y quizás estas sean dos buenas preguntas: ¿ Cómo podemos ser más tolerantes y comprensivos ante lo diversos que somos? ¿ y para qué sirven las armas?. Quizás mientras no seamos más tolerantes y civilizados será mejor no tener muchas armas cerca…

Moraleja: nuestra vida no nos pertenece más a nosotros que lo que quieran disponer de ella con aquellos con quien convivimos. Y cómo a convivir estamos obligados, tendremos que intentar hacerlo lo mejor posible.

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