De desvanes y jardines secretos

“Las personas son como las casas”- me dijo una vez la ardilla de mirada más profunda que podáis imaginaros. “Somos fachadas, tejados, y cimientos, algunos abren ventanas, otros cierran sus persianas”- continuó mientras me perdía en el abismo de sus ojos. Siempre tomé muy en serio lo que me decía, por desgracia no supe hacer lo mismo con lo que sentía.  Pero, esa es otra historia. Hoy tocan las casas. Efectivamente, todos somos como casas.

No vamos a empezar por el tejado, sino por la fachada. Todos tenemos una, unos la cuidan mucho, otros la adornan, otras piensan que es el espejo del alma, hay quienes la cambian según el son de moda, y quienes nunca se han fijado en la suya. Ahora más que nunca parece que es más importante dedicarse a la propia que a las otras. Por eso, algunos prefieren espejos a ventanas. Vivimos en el mundo de la imagen y la prisa, y muchas veces obviamos que no siempre vale más una imagen que mil palabras. Pues, lo importante es que la fachada vaya acorde con el resto de la casa, pues si no, puede que surjan grietas y huecos. ¿Se imaginan una casa que solo sea fachada? Haberlas haylas, son solo decorado como las del cine. Cuando entras se acaban, no hay nada más. Están vacías, suelen ser frágiles y perecederas. Afortunadamente hay pocas casas así. ¿Personas? Haberlas haylas.

La casa por el tejado. Es necesario tener el tejado bien amueblado para poder vivir. Es más, si el tejado funciona el resto puede solucionarse. Una fachada descascarillada, una mano de pintura, unos cimientos inciertos, habitaciones estrechas,…todo puede valer si el tejado está bien amueblado. Pues, la cubierta da margen para buscar soluciones. Pero, ¡hay de aquel que viva en una casa sin tejado!. Vagará entonces a merced de la inclemencia. Sol, lluvia, nieve y viento marcaran su ritmo y la casa será una veleta. Ahora, con un tejado, ya nos garantizamos cierta maniobrabilidad ante las circunstancias y con ese margen, podremos empezar a dejar nuestra impronta. A veces, el tejado no es el más apropiado para la meteorología de la zona. Pues, es plano o tiene varias aguas cuando no llueve nunca. Entonces, lo más sensato es reformarlo o llevarse el tejado a otra parte, donde case con los rigores de las estaciones. Hay casas hechas para algunos sitios, y hay casas que hacen para sí el sitio. Cada cual que de lo suyo gaste.

Los cimientos son otro cantar, casi nunca se ven, pero suelen explicar todo. Porqué cojea esta casa, porqué aquella tiene goteras, porqué la de más allá huele a pan recién horneado, porqué esa esta tan concurrida, porqué la otra no deja de humear, porqué a alguna nunca le da el sol, porqué unas tiene huerto y otras balcón… Dicen que el fin de la vida es ayudar a hacer casas. Juntarse para construir casas pequeñitas que a medida que van recibiendo reformas y apliques van creciendo y se hacen todas unas señoras y señores casas. Y así, garantizamos que siempre haya casas. De ahí viene la tradición de los escudos en las fachadas, creo, para saber de dónde viene cada casa. Lo que ocurre es que fraguar unos buenos cimientos lleva tiempo y hay que hacerlos al principio, sin prisas y con perspectiva. Hay casitas que según surgen, ya tienen garantizados unos buenos planos, terrenos, sondeos y materiales para hacer sus cimientos. Otras en cambio, nacen sin hueco, sin plan, ni proyecto, así que deben ir haciéndose los cimientos a medida que van creciendo. Y si recuerdan que todo esfuerzo continuado y organizado tiene recompensas múltiples, podrán construir la casa que quieren o que al menos pueden. Porque el contexto siempre forma o deforma. En estos momentos, me estoy revisando los bajos, estoy estudiando mis cimientos para ver que debo reforzar, que encalar y que enterrar. A veces es conveniente mirarse abajo y adentro para saber cómo seguir.  Los cambios duraderos y eficaces los suele determinar los cimientos, no la fachada, ni el tejado. Pues, si este crece descompensado de los cimientos suele perder su sentido. Así que be your cimientos, my friend.

De las habitaciones, no voy a hablar, porque todos somos diversos y aunque compartamos muchas cosas, cada cual cocina como quiere y descansa o disfruta como más le apetece. Así que hay cocinas grandes para tipos pequeños, patios particulares que se mojan o no, pequeños salones para mucha gente, animadas camas solo para dos y más de dos que casi no usan la cama. Por eso, no opino, porque allá cada cual en su casa. Pero, si voy a hablar de aquellos cuartos que definen a las casas: los desvanes y los jardines secretos.

Todos tenemos jardines donde nos refugiamos y disfrutamos de nuestros placeres más íntimos, dónde somos más yo que nunca, tanto que aparece el superyo y su colega el ego. Nadie se conoce bien hasta que se ve campando libre por su jardín. También, tenemos desvanes donde depositamos aquellas cosas que dan y han dado sentido a todo lo demás. Los desvanes guardan los secretos de lo que fuimos viviendo y de lo que soñamos ser. Los desvanes que siempre están llenos y no suelen tener luz pues, sabemos de memoria lo que hay en ellos. Ahí, estamos nosotros.

No todas las casas enseñan sus devanes, ni jardines. Unos por miedo, otros por el qué dirán,  otros porque tienen el armadura oxidada, algunos los ponen en el armario, y también hay jardines y desvanes en reformas, exclusivos, agónicos y cansados de los últimos invitados.  Los únicos que debemos lamentar y rechazar son los jardines baldíos y yermos y los desvanes olvidados o vacios. No se vive sin jardín, no se es sin desván.

Yo sí creo que es necesario invitar a nuestros desvanes o jardines a aquellos que queremos, más aun si queremos juntarnos con otra casa. Lo importante es entrar, ver, disfrutar, tratar de entender y no juzgar. Pues, en esos lugares es siempre uno invitado y lo interesante no es conquistar, ni ampliar, ni duplicar los jardines o los desvanes. Lo interesante es disfrutar de los jardines y desvanes de ambos, compartiendo lo que allí hay, sumando y conservando cada espacio de uno. Mi abuela siempre me dijo que cuando se va a algún lugar hay que llevar algo. Más aún a un desván. Además, deberíamos dejar solo aquella huella que quiera su dueña. Pues, es fácil pasar de huella a cicatriz. Solo un poco más de presión…

He tenido la suerte de haber estado en varios jardines y en menos desvanes. De uno me dieron la llave y lo hicieron para que entrara siempre que quisiese, pero siendo respetuoso y cariñoso, pues, no era mi desván. En otro, me dejaban siempre en la puerta, y desde allí me dejaban mirar y enseñan. Del último, aún conservo su olor, su tacto, su sabor, su rumor y su sudor. A pesar de la luz, no pude ver nada, pues era tan intensa que me cegaba. No hizo falta, me fueron guiando poco a poco y me dejaron palparlo todo. Me encantó recibir esta profunda invitación tanto, que enloquecí y me olvide de donde estaba. No era mi desván, y no fui respetuoso. Ahora no me atrevo a pasar del hall y tengo un vacío en mi llavero.

Hay otra casa en cuyo jardín yo soy la fuente y sin darme cuenta he empezado abandonar el jardín para encontrarme muy cómodo en el desván. Es una casa donde parece que no necesito llaves, y donde poco a poco paso más tiempo…

Ya ven casas mías, el señor por el tejado.

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