Los asientos de la fila de emergencia

Tengo que reconocerlo, soy maniático. Una de mis manías: si no vuelo en la fila de la puerta de emergencia no voy tranquilo. No por miedo, sino por espacio. Si, si son más ruidosos, hace más frio, no puedes llevar bultos y no se reclinan los asientos. Además, en caso de accidentes seguro que acabas aplastado por la marabunta en estampida. Pero, son más espaciosos y mis rodillas no están para roces. La edad, la edad…

Así que los últimos metros de la pista suelo hacerlos rápido y ágil para coger sitio ( Ryanair flights) . Baladí esfuerzo  pues, al final siempre están libres, a no ser que vuelen varios alemanes u otros nórdicos de tallas grandes.

Suelo volar solo, por eso leo y observo. Tras vuelos de experimentación,  creo que siempre volamos los mismos en las filas de emergencia. Solos, grandes y más hombres que mujeres con más prisa de llegar que de volver.

Hace dos días volamos dos coincidentes. Despegamos de la ciudad condal, él con el Periódico y yo con la Vanguardia. Se retrasó el despegué, ninguno le dio mucha importancia. Estábamos absortos en la lectura. Los dos comenzamos por la última página. Los dos sacamos todos los suplementos y los dispusimos ordenadamente en la frontera del asiento vacío.

Él, catalán, de 60 años, hombre de negocios de toda la vida, sin traje, iphone, ni tarjeta. Hombre de confianza, cumplidor y de palabra. Un hombre de los de antes, sin cremas, ni necesidad de llamar la atención para mostrar su poder.

Yo cántabro, de unos 32, en viaje de ida y vuelta, con tarjeta, palabra y fachada. ¿ un hombre? Siempre huí de estereotipos, prefiero labrar mi camino y me cuesta soltar lastre. De la atención no me deja hablar mi terapeuta.

Me miraba de reojo cuando yo arrancaba pacientemente trozos de periódico que almacenaba en mi agenda. Es otra manía. Arranco los comentarios que me gustan y luego como si fuera un puzle lo recompongo en las notas de mis cuadernos…

Yo le miraba a él de soslayo, cuando veía que subraya, con un Bic de toda la vida, aquellas partes de la noticia que le interesaban.

Así surcamos de este a oeste, el subrayando y yo recortando. Le cacé mirando mis piezas de puzle intrigado. Me sintió intentado adivinar el titular de lo que rayaba. Acabamos los periódicos seguimos por los suplementos y cuando ya acabábamos nos sorprendió el aterrizaje.

Antes de despedirnos, dos detalles más Yo le acerqué a él su equipaje. El hizo lo propio con otro pasajero. Yo como siempre abandoné el periódico y suplementos por si alguien del siguiente vuelo quisiera leerlo. El hizo lo mismo.

No nos dirigimos ni una palabra, pero al despedirnos nos miramos y nos reconocimos. Dos épocas diferentes, una forma de entender la vida. O al menos, de leer el periódico.

Guten Nag

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