Una de “Sobados”

El sábado dejé con pesar Madrid para atravesar Castilla de regreso a casa. Me gustan los pueblos que bordean al tren, desde pequeño juego a imaginar quien vive en ellos. A veces me veo a mi y a los míos poblando esas calles que acabo de descubrir. En el reflejo de esos pueblos descubrí lo pequeño que era mi Bárcena, desde muchas y diferentes ventanillas comprobé lo insignificantes y relativas que son nuestras vidas. Quizás, por eso, merece la pena vivirlas al máximo disfrutando de cada segundo pues si no, quizás serían demasiado insignificantes.

Me gusta la luz temprana de Madrid, y el cielo continuo de Castilla. Me sigue sorprendiendo aún el brutal contraste del raso y despejado cielo castellano con la niebla baja y densa cántabra que esconde su habitual llovizna. Así pasé en apenas una hora de raíl de un día veraniego encantador a un pesado día gris. Días que notas el peso del universo en tus hombros, días en los que cuesta diferenciar los techos de los cielos.  “¿vamos a la playa?”-pregunté desde Aguilar. “hace malo y tengo resaca”-me llegó desde Santander…

El domingo sorprendió con nubes y claros, el esperado sol cántabro lució pero solo en la costa. Animado por la luz emprendí camino a la Vega del Pas. Quería andar y retratar. Pero, la Vega es tan cántabra, que solo se descubría entre jirones de grises nubes grises y  fresco gallego. Iba de bonito, de verano, así que no pude andar y me dediqué a pasear. Subí a San Pedro del Romeral disfrutando de las pizarras, del verde prao y el gris cielo y humo que manaba de todas y cada una de las chimeneas. De balcones y cabañas, del azul de los buzos y el negro de las botas de goma. Era hora de misa y de almorzar. Recibí varios saludos, una de dos pensé: “o caigo muy bien o el cura tiene un coche como el mío”.

Horrible San Pedro del Romeral destrozado con casas de Suances, ejemplo clarificador de caciquismo e incultura. De bajada, les vi. Algo pasaba, dos viejos recriminaban algo a un mozo de unos 40 de aspecto dejao y cabizbajo. Otro viejo espera y vigila taciturno en la entrada. Algo había “pasau” y estaban arreglándolo. Me enteré, luego os contaré.

Bonita la Vega, de Domingo con misa y mercado en la plaza. Curioso ver a los moros, un negro y unos gitanos vendiendo enseres y mercaderías a los pasiegos. Todos se conocían y todos hacían tratos. En una dirección relojes, alfombras, calculadoras, ajos y  bragas; en la otra, quesos, corderos y quesadas. Ejemplo de Tolerancia y mestizaje.

No me iba ir sin sobaos…pero mientras los buscaba encontré a un pariente. Ya es casualidad. Después de poner al día la familia, continué con los sobaos.

Le pregunté a él por los sobaos. Tendría unos 10 años, pero cara de unos 13. Pantalón vaquero y jersey que le delataban como autóctono así como el andar.

-oye perdona, ¿dónde puedo comprar sobaos?-pregunté a pesar de que nos rodeaban mensajes publicitarios alusorios.

-¿Sobados, quiere usted?- me respondió con educación.

-Sí, sobados- respondí imitando su educación con una gran sonrisa.

Me detalló con pulcritud y desparpajo todos los establecimientos donde podía adquirirlos, pero insistí: “-¿Cuáles son los mejores?-

Y se delató como buen pasiego: -Hombre, yo no sé si son los mejores, pero a mí los que más me gustan son los de “ai”, los del bar-

Era el único establecimiento que no publicitaba la venta de sobaos. Le hice caso y acerté. Sobaos de primera calidad, artesanos y clandestinos, sin registro sanitario, ni fecha de caducidad. Receloso y con sigilo me los vendió el camarero. Como son estos pasiegos, pensé yo, sin darme cuenta todavía que eran de estraperlo.

Saludé al Doctor Madrazo, compré buen pan en Selaya y regresé a la costa a mojar el sobao en fresca leche. Pocos placeres probé mejores.

P.D. No aprendí todavía a morderme la lengua, ni a refrenar la tecla. Hoy escribí crispado, pues acabo de ver catódicamente a un santanderino de pro morando en el Cairo. De buena familia él y con estudios a la par que gilipollas perdido.”Qué pena que en España hayamos perdido estos artesanos que trabajan hasta los 70 e incluso 80 años en la calle” decía el mentecato mientras calculaba lo barato del cambio. Qué pena que tu madre no tomo la pastilla del día después, la noche después que te engendró. Otro más sin pena, ni gloria, que no es capaz de distinguir entre lo pintoresco y la puta que le parió.

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2 comentarios en “Una de “Sobados”

  1. Te has salido en este artículo. La descripción, es tal cual. Leyendo esto se traslada uno a esa zona una de las más bellas y desconocidas de este pequeño país que tiene de todo incluso mentecatos como los del final del texto.

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