A un paso

Echaba de menos la ruta, el oír, ver, sentir y luego compartir. Me faltaba sentirme observador, me faltaba curiosidad. Necesitaba mirar de nuevo con ojos de niño.Lo necesitaba. Ayer me escapé de la rutina y lo hice. Aprovechando los quehaceres y placeres familiares me escape al bosque con más color del norte. Y seguramente del mundo, ya que es vasco.

Llegué rápido desde Guernika buscando la ruta hacia Oma. Me esperaba un lugar tranquilo, un retiro, un remanso de paz en medio de Euskadi. La primera, como me gusta, en la frente. Dos asadores, terrazas, música, muchos cachorros, algunos de Lezama incluso. ¿Alguien sabe como se dice dominguero en euskera? Tuve un buen augurio, encontré parking a la primera. Oteé y hallé. Ya tenía mapa e itinerario. Para bajar las lentejas y el excelente salmorejo, subí a la caverna más importante de Euskadi. Si Altamira fuese vasca, el Guggenheim estaría en Bilbao. A no que ya lo tienen. Bueno, pues la muralla vasca. A no, esta no la tienen aunque unos pocos maten por construir una.

 La caverna me recordó a la del Pendo. Y me gustó mucho el entorno. Cuidado y bien organizado. Todo muy rural para gente de ciudad. Campo enlatado, día de pueblo y campingaz. Muchos pendientes unisex, atuendos de montañeros y muy familiares ellos. Para los más urbanos, el asador tenía hasta costillas light y chacolí sin. ¡Viva el domingo! Tras recibir varios apas y sortear muchísimos rubicundos leones blanquirojos. Burlé al calabobos y me adentré buscando el bosque con la duda de si iba a merecer la pena. Acudió la rutina: la casa sin barrer, trabajo por hacer y la semana por comenzar. La ignoré y a medida que me adentraba en el bosque me sobraba ropa y ganaba tiempo. Los segundos se viven cuando se nos escapan, paradojas de la vida.

Tres kilómetros después, a toda suela, en mi línea, llegué al bosque de Ibarrola. Me le imaginé a él llegando con los pigmentos. Vi el primer árbol maquillado y me gustó. También las vi a ellas, divertidas jugando entre los árboles, disfrutando de su compañía y de las formas y colores imposibles del bosque. Saludé y me alegre de que estuviesen allí. Me zambullí en el medio del círculo arbóreo-cromático y note mi niñez brotar.

Me imaginé a Agustín dando color a la corteza. Corrí, toque, descubrí, busqué (por este orden), reí y jugué. Se acababa y quería más. Me encantó el componer puzles con los troncos para obtener figuras. Me reconocí en algunos colores, y agradecí la soledad y la tranquilidad que reinaba en el bosque. Quizás la obra te atrapa con su originalidad, con su dinámica y con su oferta. O quizás, el chirimiri se lleva mejor cerca de la parrilla (había F-1 también). El caso es que estábamos los que debíamos. En esas, llegó la rutina:”Gonzalo a cenar”. Tenía que dejar de jugar y emprender el regreso. Pero, en el último momento me negué, regresé crucé de nuevo el bosque con la intención de visitar Oma y regresar tranquilamente al coche por otro camino. Premio, había postre.

Allí estaban de nuevo las tres. Sentadas, descansando, bueno Gul no tanto. Saludé de nuevo y me probaron: Could you make a photo, please?. Les hice dos. Charlamos del lugar, de la procedencia y me preguntaron: “¿podrías hacernos el favor de acercarnos a la parada de bus? Es que la niña, Gul, está muy cansada”. Luego descubrí que estaba más cansada su madre, Vijita. ¡Qué maleducado!, os presentaré. Gul es hija de Vijita, que a su vez lo es también de Molly. Quién es la hermana mayor de Gul. Su madre estudia un curso de doctorado en Deusto y ellas vinieron a visitarlas desde Nueva Delhi, India.

Lo demás podéis imaginaros. Charlas anglosonoras en Oma, un pueblo de cinco caseríos centenarios en un minivalle idílico. Donde las ovejas lachas pacen y reinan mientras contemplan como este mundo globalizado no deja nunca de sorprenderlas. Una mujer india y sus dos hijas de cháchara con uno de Bárcena que habla mal inglés con acento de Indiana. Fuimos conociéndonos, preguntado y hablando. De aquí, de allí, de ellas, de mí, de aquí de nuevo: del problema vasco, sus caseríos y sus costumbres. Benditos segundos que pasaron volando. Me imaginé a Ibarrola, regresando tras pintar varios árboles y preguntándose: ¿quién le iba a decir a esa barca curtida por el cantábrico que iba a acabar en un prao rodeada de ovejas? ¿Quién le iba a decir a mi vecino que su bosque se iba a convertir en un pingüe museo?

Ni que decir tiene que no permití que mis compañeras regresasen en Euskobús. Tras recibir numerosas muestras de sincera gratitud en forma de galletas, chocolate y fotografías me despedí de ellas en San Mames. Eligieron un buen barrio para vivir en Bilbao. Decía Kipling que quien viaja solo, lo hace más deprisa. Pero, ¿quién tiene prisa cuando está en buena compañía? Me preguntaron si conozco la India. Ahora ya conozco un poco y tengo ganas de mucho más. Gul se despidió sin decir nada, pues tiene la buena costumbre de no hablar con desconocidos en inglés. En cambio, yo hablo con todos aunque sea en inglés. Lo que tengo que aprender aún…Viajar es una forma de vida, viaja quien lo desea y quien da el primer paso.

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3 comentarios en “A un paso

  1. Bonito lugar las cuevas de Santimamiñe y el bosque pintado, a mi también me gustó, fue mi segunda excursión furgonetera.
    Lo hubiera complementado con un poco de playa en Mundaka y Laida, pero es verdad que hay mucho dominguero.
    un saludo.

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