Pequeñita, pero firme.

(Continuación de Desciendo sin Dante)

Todo congelado, menos veinte grados, ocho de la mañana. En el coche, el cable del ipod congelado, hielo dentro de la botella, nada de agua. Ahora entendí porque los coches se pueden arrancar con un mando a distancia. Los arrancan desde la habitación y van caldeando.

Estoy muy excitado, no desayuno salgo en busca de la casa. Quiero ser el primero, a medida que me acerco más nieve, más bosque, más montaña. Un paisaje precioso, los ríos poderosos y todo blanco, mucho frio. Ha subido un poco, oscila entre -20 y -15.

Llego, está abierto, respiro. No se lo pueden creer los guardas. Intentan disuadirme. Hace mucho frio, puede ser peligroso, podría patinar, va a tener que caminar, necesita ropa apropiada. Me encanta andar, vengo preparadísimo, lo importante no es caer, sino levantarse y he viajado cinco horas para llegar hasta aquí. Está bien, son ocho dólares. Pero, si se encuentra mal refúgiese en el coche.

Toda para mí, la tienda cerrada, el café cerrado, los baños cerrados, la recepción cerrada, solo yo en todo el recinto. Bueno, yo y los guardas de la garita.

Hacía mucho frio, mucho, más cerca del rio. Calculo que bajase de los menos quince. Pero estábamos solos ella y yo. Además, salió un poco sol para mirarse en toda la nieve y hielo que nos rodeaba.

El último trecho casi iba corriendo, y por fin la vi. Me estallaba el pecho, es fabulosa. Solo se oía el rio que lo envolvía todo. Nos miramos y no pude dejar de sonreírla. Ella me invitó con un sincero y cálido abrazo. Yo no dejé un trozo sin explorar, me empleé a fondo y disfrute como un niño. Me asome en cada rincón, en cada pliegue, no pude evitar tumbarme en ella, cuanto más la miraba, más me gustaba. Si no es perfecta, no existe la perfección. Además, la cascada, de hielo hoy de agua algún día, la mejora.  Le  da más continuidad, la involucraba aún más en todo. Todo era un continuo, desde el ruido al agua.

Llevaba más de dos horas, ya no sentía las manos, y empezaban a dolerme la cara y los pies. La cámara tenía escarcha en el botón. Además, no había comido nada. Ahí me di cuenta que había llegado el momento de despedirnos. Había sido feliz por dos horas, había disfrutado de un privilegio único, al alcance de muy pocos. Benditos audaces.  Recién nevada, y solos ella y yo en una mañana de sábado. Solo faltabas tú, por eso te llamé.

Los guardas me miraron diciendo “estos de Bárcena están locos”. Volví todo el camino de una tirada cantando como un loco. Me gusta sentirme así. Mi mejor viaje, en USA al menos, y quizás la obra que más me ha emocionado. Pero aún me quedaba otra casa…

No sé donde ir el próximo día. ¿Volver? Eso espero.

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