Descendiendo sin Dante

El tiempo estaba en contra. Las autoridades y entendidos en el tema aconsejaban posponer el viaje. Las bajas temperaturas (de menos quince a menos treinta grados) no son recomendables para actividades en el exterior. Por ello, se suspendieron las clases el viernes, y el jueves casi perezco andando hasta el trabajo. Me engaño el sol. Mis compañeros me miraban con cara de Obelix: “están locos estos de Bárcena”. Entendí porque en Canadá llevan gafas para el frio, se congelan hasta las niñas.

Me la jugué y me salió redonda. Ya lo decía Alejandro, la fortuna sonríe a los audaces. El murió joven. El fin de semana anterior también lo había intentado y tuve que darme la vuelta a medio camino. La nieve cubría la carretera, y tras ver dos accidentes y un pequeño susto paré en una gasolinera a decidir. Me costó llegar al mostrador sin patinar. El suelo estaba cubierto de unos cinco centímetros de nieve helada o de hielo con nieve. Pregunté al viejo del lugar y me dijo: “todo puede esperar en esta vida, nunca se llega tarde”. Así que tras charlar un rato volví a casa. Me había levantado a las cinco de la mañana, y a las nueve estaba de vuelta y sin plan.

Así que no me importo los bajocerismos y me puse en marcha. Carreteras secundarias hasta que anocheció y me refugié en las autopistas. Esta vez me acompañaba Myself. No habla mucho pero es divertido. Abandonada la autopista me puse a buscar un lugar para pernoctar para sorprender a primera hora la meta de mi viaje. Iba un poco apurado, pues aquí en los pueblos pequeños a las nueve esta todo cerrado a cal y canto. Normal, tal y como se las gasta el invierno.

Cogí la desviación para el pueblo y note algo raro: “¿Por qué tendrán aquí dos carreteras paralelas? me pregunté. Al segundo recibí una ráfaga de un coche que venía en sentido contrario. Al siguiente segundo lo entendí: estaba circulando por sentido contrario. Un segundo más. Me disponía a saltar la mediana, cubierta de nieve, antes de llegar a la curva. Otro segundo, mala idea, peligroso. Un segundo más, giro en redondo, perdiendo rueda y librando por la cuneta. Gracias estrellita, no problem.

Me olvidé en casa las direcciones de los hospedajes, pero casualmente encontré a unos polizontes. Les pregunté, el primero era el justo. No me contesto se cuadro y puso su mano en la pistola mirando a su compañero. Este me dijo que nones, que fuese al siguiente pueblo. Salí raudo, por menos hay gente en Guantánamo.

Ahora sí, llegué. Me instalé en el típico motel de carretera, con sus típicas luces, típico parking en la puerta y típica gorda rodeada de perros salchichas de administradora.  No muy barato, bien equipado y no muy limpio. No vi cucarachas, pero sí su veneno. Y pude contar al menos tres tipos diferentes de pelos. Yo recogí escrupulosamente los míos para no verme implicado en ningún asunto escabroso que estos del CSI lo lían todo.

Cené en La Ponderosa, un buen steak con vegetales y como buen forastero le pregunté a la amable camarera por un buen lugar donde refrescar el gaznate. Me recomendó el Mahonis. Le hice la broma de Loca Academia de Policía, pero no la entendió. Antes de abandonar el restaurante me sorprendieron cantando cumpleaños feliz, todos los camareros y cocineros, a ritmo de palmas y canciones tipo marines. Impresionante, no me pude reprimir y le dije a la camarera que casualmente también era mi cumpleaños…

La ciudad me recordó a Mataporquera, un centro industrial venido a menos, decadente, a caballo entre la nada y el pasado. Llegué al Mahonis y alucine. Un local único, con dos mesas de billar, una tele, dos sofás, una barra grande cuadrada, un negro de portero y otro de Dj y su colega con plumífero bailando. La decoración tenía un poco de todo, mujeres semidesnudas, palmeras, motivos irlandeses, carteles de ánimo a las tropas y escudos deportivos. Todo mal colocado, arrugado y de diferentes décadas. Un lugar único, los viejos curtidos borrachos en la barra, los jóvenes en los billares, un grupo de buitres gordas y muy mal vestidas ensayando bailes pseudoeróticos ,con saña, y como no, el mítico gay del pueblo lleno de anillos y de punta en blanco. Ah y uno de Bárcena. Llegué, vi, bebí rápido y me fui. No vaya a ser que se les ocurra embadurnarme y emplumarme en alquitrán.

Me costó llegar al motel, pues me indico una borrachuza amable que me dijo” yo speko español”. Intentaba dormirme pensando que Ohio, aún es más profundo, cuando llegó la cotidiana pregunta: ¿Todo esto por y para qué? Me costó dormir.

Mañana voy a la CASA.

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