Armadilla para turistas

Si, al final caí, y de cabeza. Una trampa para turistas, con alevosía, sin nocturnidad y cara, siempre cara.

La excursión consistía en un maravilloso paseo en barco para ir a visitar y bañarse en un arrecife de coral cercano. Duración más de dos horas, vaya jeta, ida y vuelta. Precio, al cambio unos 18 euros con gafas de buceo. La hora ocho de la mañana. Sed puntuales, por favor.

La primera en la frente, salimos pasadas las ocho y media. Yo, en honor a mi pasado germano, llegué a menos cuarto. El día tampoco acompañaba, amenaza la lluvia torrencial de estos lares y Lorenzo se resistía a saludar.

Esperamos, todos: Los vendedores del barco, los promotores, el piloto, y la carnada, perdón los turistas. Llevábamos todos reunidos un rato y de repente alguien dijo “que vamos ya”. Y fuimos. Éramos un piloto, un mozo para el ancla, otro para la nevera, otro para las gafas de buceo y unos doce incautos. Dos parejas en viaje de novios, o eso parecía. Pues, lucían arrumacos, caricias y felicidad a raudales. Les hubiese dado igual un paseo por el coral que respirar un poco de”Zyklon B”. Además, iban otra pareja de dos hombres, si fuese España seguramente también de viaje de novios; un calvo maduro con una compañera añeja y una nevera de mano con la que ya habían compartido varios paseos. Cautivaron mi atención. “¿No será algún comando de gudaris?” pensé intrigado. Por último, subió una yankee hispano-lusa parlante y uno de Bárcena, con ansias de marino.

Ah, se me olvidaban los buenos, una pareja de hombretones con dos mozas que fingían lozanía donde ya no había mucha cera que quemar. Un detalle, las sillas del barco eran de esas de plástico de playa dispuestas irregularmente por la cubierta. Plazas del navío, más de cien. Qué alivio.

Hacia frio, los trajes de baños se quedaban pequeños, y las toallas pasaron a ser mantas. Yo disfrutaba de observar la compañía, del mar y de la vista de la ciudad. Que fue sin duda lo mejor. El sol parecía animarse, pero no. No habían pasado 20 minutos, cuando llegamos a unas rocas cubiertas completamente por el mar. El mozo del ancla hizo su trabajo y le relevo el de las gafas.

Habíamos llegado, la marea estaba alta, pero iba a bajar y se iban a formar las piscinas de coral. Si claro en diez minutos pensé. Me olía muy mal. Nos dio las gafas, y explico donde se podía gozar del mundo submarino. Encendieron la barbacoa, sacaron las cervezas y pusieron música. Era el paraíso, un chiringuito playero 500 metros dentro del mar. A las 8.55 de la mañana, sin sol, con frio y vestido de trópico. Me dispongo a zambullirme para alejar mis malos augurios.

Primer susto, casi me veo en Toledo. La profundidad oscilaba entre 40 cms y lo suficiente para tapar todos los corales. Segundo, el agua era opaca. No logro ni verme el pie con las gafas. “¿serán de sol?” pensé. Devolví los óculos inútiles y le dije al mozo que si quería mi dinero, tendría que recogerlo junto con las llaves del fondo del mar. Panorama: anclados en medio de la nada, sin nada más que hacer que beber, comer, bailar o disfrutar de la compañía. Si, ya pero es que no son horas. Como no podia salir corriendo, me hice unos estúpidos largos desde el barco a los corales para quitar el frio.

Más genio que figura
Más genio que figura

Menos mal que Vicente me acompaño. Y nos tomamos a guasa la situación. Falamos y hablamos. Ahí le tenéis. Casi con sesenta años, deportista de varias disciplinas, practica una modalidad cada día, pero repite futebol, dos veces por semana. Diariamente disfruta de la vida. Empezó tímido y poco a poco fuimos intimando. Contribuyo a eso su nevera, cargada de frutas (caja) y de licores. Dos petacas una suave para convidar y otra fuerte para las ocasiones especiales. Así que a las diez de la mañana ya me había metido entre pecho y espaldas cuatro chupitos de Chachaça. Dos de cada.

El ambiente se transformo más amistoso y tras dos horas de chiringuito marítimo, madrugador pusimos rumbo a tierra firme. La arena fue testigo de nuestra despedida, conscientes de que probablemente no nos volviésemos a encontrar y seguros de haber disfrutado del encuentro.

Con mi carga etílica me dirigí a la universidad. Se empieza bien así el día pensé. Que ganas tengo de jubilarme. Lo mejor: la vista de la ciudad llena de colores y el baño tipo Ana Obregón que se dieron unas cincuentonas, con más kilos de más que años, junto a nuestro barco.

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