Un tal Félix.

Llego a urgencias, cansado, solo, y enfermo. No gravemente, pero si molestamente. Panorama, el de siempre: policías, gitanos, ancianos y gente sin rumbo, a parte claro de los enfermos.

Me explico, rápidamente me pasan. Igual influyó mi frecuente necesidad de baño.

Ya en el box, vuelvo a explicar mis síntomas. NO una, sino tres veces. Pregunto por algún médico amigo, vaya no esta. No salgo del baño.

Espero lo normal. Sino fuera porque detrás de la cortina oigo voces. Voces cotidianas, de barrio, de colegueo: ¿Qué tal tu niño? Sigue con tos…; tu cuñada, esperando, tiene mala…; oye ¿que hay de cena?…De repente interrumpe, tan cara y ociosa actividad, un tal Samuel, perdido, adicto, que debe deambular por allí como Pedro por su hospital. Hasta cuatro personas discuten, hablan, ruegan, amenazan con llamar a seguridad. Nadie lo hace, han pasado quince minutos más. Me ataca el sueño, me sobresalta una voz que he oído en todas las conversaciones, es Félix. Me vuelve a preguntar, saluda pero no se identifica.

“¿Quién esta, Félix?-se oye de fondo- “Perdón, una pregunta”. “Como no, salgo un momento” dice Félix. Le vuelvo a oír detrás de la cortina, hablando médicamente, pero de repente vuelven los chascadillos, paseos, risas y bromas. No volveré a ver a nadie hasta que pasan 45 minutos. Salgo al baño, varias veces, veo a Félix hablando, mecanografiando y luego no esta.

Oigo comentar “como se nota que hay partido que tranquilos estamos”. Doy gracias al fútbol, siempre esta ahí, no falla. Llevo ya más de un partido cuando por fin oigo a Félix “voy a mirar a ESTE que todavía no le he hecho nada”. Vuelve, “por donde estamos”

” ¿Has ido al baño, no?”. “Pues nada vamos a hacer análisis y placas”. Se vuelve a ir.

Aparece un merodeador, no parece ni sanitario, ni higiénico, pero se asoma, observa y continúa. Temo por mis cosas. Me guardo la cartera. Dios, cuando llegaré a casa. Aparecen dos ¿enfermeras? espero. Me extraen sangre, me insuflan suero.

Pregunto que tiempo tardaré, “mínimo dos horas pero quizás te quedes a dormir”, dice ella.

“Perdona pero y ¿si tengo que ir al baño?”,

Ah,¿ por el suero lo dices?,- responde con cara de avispada.

No, porque no se abrir la tapa.- resuena en mi cabeza

Bueno pues aguantas y sino nos llamas.- resuelve la enfermera.

Bien. Lo que faltaba perder mi poca dignidad retozando en mis líquidos internos. Pero ¡que más si yo soy un enfermo!, ya no soy persona, ni ciudadano, he retrocedido peldaños sociales por enfermar. ¡qué mala pata!

Me duermo, acabo el suero y espera un momento que ahora vas a rayos. Pueden ser uva, láser, catódicos pues nadie me dijo que buscaban en mi abdomen. Me resigno pero sorpresa, me llevan en cinco minutos. Temo abandonar mis cosas, no pasa nada. Me las meten debajo de la camilla, en una bolsa.

Me entregan al barquero, no habla, balbucea, me empuja silenciosamente, no dice nada. Me mete en una sala oscura, sin decir nada. Se le ve contrariado, ¿será porque no puse las monedas en mis ojos?

De repente aparece, lleva gafas blancas, pudieran ser alas. Pues saluda, sonríe, se queja del barquero, le critica y me lleva a otra sala. ¿Hace una función que no la corresponde?. Habla, me explica e incluso me toca. Me trata como un igual. Acaba, pronto, que pena. Me entrega de nuevo a él. Sigue absorto y me abandona en un pasillo. Sin decir nada. Me pregunto ¿seguirá detrás mío?

Me duermo, móviles, ruidos, paseos, nombres, o no ¡el merodeador!. Mis cosas, no puedo dormirme. Lucha. Oigo mi nombre, bendito sueño, ha pasado otra hora.

Me dejan en el mismo box de antaño. Reconozco a un residente amigo. Me trata bien, me explica, pregunta, se interesa. Nos sorprende Félix, “¿a le conoces?” Pregunta, se le ve buena persona y amable. Me diagnostica y receta, aconseja mi dieta: “blanda, dicen que Coca-Loca fria o mejor sin gas, nada de fruta, bueno manzana creo que si y eso, ya sabes”. Claro que lo se y mejor que tu. Cambia de tema y se despide, ahora te quitan la vía. Me la quita la misma enfermera. Pasan los segundos, si estoy lento, cansado, dormido y débil. Pasa más tiempo, miro a la enfermera, oiga ¿por favor cuando me puedo ir? Pues…creo que ya…. ¿tienes el informe? Si muchas gracias.

Dios mío, juro no volver a ponerme enfermo a no ser que sea realmente grave.

¿Cuesta mucho hacer más liviana la visita a los hospitales, no hablo solo de tiempo?

¿Por qué la gente que esta allí todos los días obtienen lo que quieren: hablo de solitarios, yonkies, desamparados..? ¿Y porque los enfermos no podemos saber nada de lo que sufre, padece o se hace a nuestro cuerpo? Ya lo dijo Valentín Fuster a los nuevos galenos: “preocúpense menos de los avances médicos y más de escuchar a sus pacientes y atenderlos bien”.

No escribo para culpar a Félix, que seguro que es un gran profesional, o a su equipo. Lo hago para resaltar que se puede evitar la aspereza, frialdad y desinterés hacia el paciente. Como bien demostró el ángel de radiología. Que se prestó a sofocar mis pensaments d`escalier tratándome como una persona. Por eso escribo porque es posible que trabajen como ella. O quizás no. Es cuestión de educación.

Gonzalo Silió Sáiz

27 ago. 06

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Un comentario en “Un tal Félix.

  1. Oye que no todos somos iguales…que yo a mis pacientes les hablo, les toco, les doy besos y abrazos y a veces ellos…hasta me pegan jajaja!

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