Patatas Calientes

Escuche en la radio a un terapeuta que planteó a sus pacientes el introducir, en una bolsa, una patata por cada rencor que guardaran a alguien. Así hubo quien introdujo cinco, dos, siete u ocho. Debían llevar la bolsa siempre encima, durante una semana, allá donde fueran. Ya os imagináis la incomodidad de portar con tal pesada carga. Me recordó a De Niro subiendo con su armadura hacia La misión.

Este ejercicio me hizo reflexionar sobre como vivimos y cuantas cargas soportamos. Pero haciendo un esfuerzo de objetivación me di cuenta de que la mayoría de ellas son autoimpuestas. Son yugos que nos hacen más difícil soportar el día a día, negándonos el placer de disfrutar de esos pequeños placeres cotidianos en los cuales radica la felicidad. Nos hipotecamos a largo plazo para poder cambiar de coche, de casa, de pc, de hifi, de segunda vivienda, de dvd, de banda ancha, de todo cada cierto tiempo. Pocas veces podemos simplemente disfrutar de lo que tenemos. Quizás ese sea nuestro pecado original el desear siempre aquello que no tenemos. Pero estas cargas en mayor o menor medida son soportadas o superadas.

Pero aquellas que afectan a nuestros sentimientos, esas son las que nos graban, las que nos modulan o alteran, las que nos duelen y dañan. Esas son las que nos hacen resentidos, envidiosos, desconfiados, individualistas y un sinfín de adjetivos que nos alejarán para siempre de la calma y la paz. Estoy seguro que el modo de vida actual acentúa tales perversiones, pues mercantilizamos nuestra vida: valoramos la competitividad, el individualismo, la rapidez, la eficacia, el consumo, el derroche, el egoísmo…Todas estas acepciones tienen repercusión en nuestra bolsa que al final va repleta de desechos y detritus. O para evitar esto nos hacemos hipócritas, duros, arrogantes, impasibles es decir insensibles. Si tengo que elegir prefiero vivir en la inmundicia con Barny que en el despotismo del señor Burns.

Los rencores queman y carcomen no cabe duda. Así que debemos librarnos de ellos. No podemos retarnos en duelo al alba, ni pedir audiencia al Rey Salomón para que imparta justicia. Ya que si acudimos a la ordinaria moriríamos de hastío en los lentos y parciales juzgados. Así que una de dos o acudimos masivamente al psicólogo (sanitas se esta frotando las manos) o volvemos a escuchar, perdonar, disculpar, aceptar, olvidar, opinar y asumir. Afortunadamente no tengo nada que reprochar a nadie, ni guardo rencor a nadie que conociera, pero me duele el mundo. No me gusta nada como vivimos y menos hacia donde vamos. Así que no me queda más que formar mi pequeña ínsula donde mis valores sean respetados y fabricarme un parapeto que me resguarde cuando salga al mundo exterior. Como dijo un sabio realista: el pesimismo de la inteligencia se combate con el optimismo de la voluntad. Quiero superar mis dudas internas para ser de nuevo feliz plenamente como lo era de niño cuando disfrutaba continuamente de los juegos, del sol, del agua, de mi familia, de mis amigos, de las chavalas, de la música, ósea de todo, de esos pequeños guiños que permanecen siempre inmutables. Que al final obviamos por dar por hecha su presencia, y cuando de repente mueren, desaparecen o se van nos duele el alma.

Zalo Silió

19 de abril de 2005

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